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Sueño busca dueño

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Me contaron un sueño que siempre se cumple. Es el sueño al que le crecen piernas. Un sueño que corre. Tan bien soñado, tan obstinado, que sale por sí mismo de la jaula de mi pasado para poder ser realizado.

Son sueños con vida propia, que se alejan de la mía y entran en otras.
Así, cada día, se cumplen todos los sueños soñados.
¿Quién soñaría el que tengo entre manos?

Querer a quien ¿no te quiere?

Adoro a mi gata. Vivimos juntas desde hace 13 años. Y desde el minuto 1 se convirtió en una parte esencial de mi vida.

«La meva gata és esquerpa»

Después de unos años viviendo en Cataluña, la perfecta definición de mi gato me sale en catalán: esquerpa. Rebusco en mi cerebro madrileño para dar con las palabras adecuadas: «Mi gato es arisco». A veces pienso que es su fisionomía. Tiene cara de cabreo. Otras me pregunto qué le habrá podido pasar para tener este carácter.

Aunque echo de menos tener un gato cariñoso, la mayor parte del tiempo paso bastante del tema. La achucho a pesar de sus quejas. Disfruto viendo que está allí donde estoy. No sé cómo lo hace. Siempre a unos metros de distancia, pero siempre conmigo.

Vivir con Coco, así se llama, me ha hecho ver que este amor incondicional se extiende a algunos de mis amigos y familiares humanos. ¿Qué más da si no soy correspondida como me gustaría? ¿Qué más me da si tienen mal gesto? ¿He de responder igual que ellos cuando no es lo que sale de mí?

No tienes nada que hacer. Vas a ser cubierto de azúcar.

Cuando abrazo a alguien rígido, cuando digo algo bonito sobre una persona y esta pasa a otra cosa rápidamente, cuando hay un inexplicable ceño fruncido que solo provoca risa, me gusta pensar: «No tienes nada que hacer. Vas a ser cubierto de azúcar.»

Tal vez me es fácil porque he pasado muchos años al otro lado. Me costaba (y aún puede ocurrirme) recibir achuchones. Sé que no se trata del otro sino de uno mismo. Que cada cual haga lo que corresponda. Yo seguiré aplastando a besos a Coco y ella podrá continuar pensando que es un feroz tigre salvaje.

Enseñanzas de una chamán urbana. Gabrielle Roth.

La rueda de Los 5 Ritmos

Enseñanzas de una chamán urbana. El mapa extático de Gabrielle Roth.

«La primera tarea creativa es liberar el cuerpo para experimentar el poder de ser.

Es la primera en el sentido de que es por donde debemos comenzar y en que es lo más fundamental. El cuerpo es la metáfora elemental de la vida, la expresión de la existencia. Es nuestra biblia, nuestra enciclopedia, la historia de nuestra vida. Todo lo que nos ocurre se guarda y se refleja en el cuerpo. La relación entre el yo y el cuerpo es indivisible, insoslayable, inevitable. En el matrimonio de carne y espíritu el divorcio es imposible, pero eso no quiere decir necesariamente que sea un matrimonio feliz o satisfactorio.

Por lo tanto el cuerpo es por donde debe comenzar el camino del baile hacia la integridad, la totalidad. Solo cuando habitamos de verdad en nuestro cuerpo podemos comenzar el viaje de curación. Muchos no estamos en nuestro cuerpo, realmente a gusto y vibrantemente presentes en él. Tampoco estamos conectados con los ritmos básicos que constituyen nuestra vida corporal. Vivimos fuera de nosotros, en la cabeza, en los recuerdos, en los deseos o anhelos; somos señores ausentes de nuestra propiedad. Un folleto que vi en la consulta de un quiropráctico dice: <<Si desgastas tu cuerpo, ¿dónde vas a vivir?>>»

De «Mapas para el éxtasis», Gabrielle Roth

Ya había escrito por aquí sobre Los 5 Ritmos. Me encanta bailar y esta propuesta, la de bailar siguiendo 5 ritmos -que, sí, de verdad, están presentes en la vida, como olas- me apasiona.

Leí este libro hace unos años. Hoy lo volví a coger. Me ha hecho mucha gracia que Gabrielle mencione al principio del mismo a un quiropráctico. Hacía un tiempito que no bailaba los 5 ritmos y los he retomado precisamente en la consulta de un quiropráctico que recomiendo encarecidamente: marceloquieropractico.com

Es curioso cómo la vida te lleva una y otra vez al mismo lugar. Siempre mejor.

El huerto de Jaume

No suban sin que Dios los suba

«Ha de hacer cuenta el que comienza que empieza a hacer un huerto en tierra que lleva muy malas hierbas para que se deleite el Señor. Su Majestad arranca las malas hierbas y ha de plantar las buenas. Con la ayuda de Dios, hemos de procurar, como buenos hortelanos, que crezcan estas plantas y regarlas, que paréceme a mí se pueden regar de cuatro maneras: con sacar el agua de un pozo, que es nuestro gran trabajo; o con noria, que sácase más agua; o de un río o arroyo: esto riega mucho mejor; o con llover mucho, que lo riega el Señor sin trabajo ninguno nuestro, y es, sin comparación, mejor que todo lo que queda dicho.

Aplicadas estas cuatro maneras de regar, me ha parecido se podía declarar algo de cuatro grados de oración, en que el Señor, por su bondad, ha puesto algunas veces mi alma.»

Libro de la Vida – Santa Teresa de Jesús

 

We are about to understand, but have not yet understood.

Cy Twombly, Panorama, 1955

Cy Twombly, Panorama, 1955

«Considero que hay una enorme diferencia entre cambio y mutación. El mero cambio no les conducirá a ninguna parte. Uno puede llegar a ser superficialmente adaptable, muy astuto para amoldarse a distintos ambientes y circunstancias de la sociedad, así como a diversas formas de presión interior y exterior, pero la mutación requiere un estado mental completamente distinto (…)

Cambio significa «alteración, reforma, sustitución de una cosa por otra»; implica un acto de voluntad, consciente o inconsciente (…)

Aunque el cambio es necesario, para mí siempre es superficial. Al decir cambio, me refiero a un movimiento producido por el deseo o la voluntad, una iniciativa con un objetivo concreto, hacia una actitud o acción bien definida. Todo cambio tiene evidentemente un motivo tras de sí. El motivo puede ser personal o colectivo, puede estar manifiesto u oculto; puede ser un motivo bondadoso, generoso, o bien de miedo, de desesperación, pero cualquiera que sea la naturaleza del motivo, en cualquier aspecto, la iniciativa o el movimiento que surgen a partir de él producen cierto cambio. (…)

Viendo la necesidad de un cambio, uno puede poner voluntad para hacerlo, entendiéndose por voluntad el deseo reforzado por la determinación con un objetivo concreto, e iniciado por el pensamiento, el miedo y la rebeldía. Pero ese cambio producido por la acción del deseo y de la voluntad, sigue siendo limitado, es una continuidad modificada de lo que ha existido (…)

[Cuando existe la acción de la voluntad, cualquier cambio que se produzca es una mera modificación. En realidad, no tiene nada de cambio.]

Veamos: uno puede cambiar, puede forzarse a pensar de modo diferente o adoptar una serie de creencias distintas; puede acabar con un hábito determinado, librarse del nacionalismo, reforzar el pensamiento, hacerse un lavado de cerebro, en vez de que lo haga un partido político o una iglesia…, tales cambios en uno mismo son bastante fáciles de llevar a cabo; sin embargo, uno ve la completa inutilidad de todo eso, porque es superficial y no conduce a una comprensión profunda en la cual uno pueda vivir, ser y actuar. ¿Qué se puede hacer entonces?

Veo muy claro que he de cambiar y que el cambio tiene que producirse sin esfuerzo. Todo esfuerzo por cambiar es víctima de sí mismo, ya que implica la acción del deseo y de la voluntad conforme a un modelo, a una fórmula o concepto preestablecido.»

El camino de la liberación. La mutación psicológica. Krishnamurti.

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Una pregunta que me persigue: ¿es necesaria la voluntad?
Vivimos en la cultura del esfuerzo, y sin embargo…
El texto que sigue a este que he reproducido aquí (recortando y acotando) es la bomba. Recomiendo su lectura. Un adelanto:

La mutación como comprensión en el silencio, en la comunión. Ninguna acción es requerida. 

De hecho, es imprescindible la lectura completa del libro. Me he permitido publicar aquí un fragmento, pero no es un libro para leer a trozos.

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Con y como

XV

Antiguamente, el que sabía practicar el Tao
era sutil, flexible, profundo y comprensivo.
Tan profundo que no se le podía conocer.
No pudiendo conocerle, solo podemos describirlo vagamente.
Diciendo:
Con mucha indecisión,
como si alguien en invierno atravesara
un río con hielo fino;
con mucha preocupación,
como si alguien temiera ser rodeado y
atacado por los países vecinos;
con mucho respeto,
como si alguien hubiera sido invitado;
con mucha debilidad,
como si el hielo empezara a derretirse;
con mucha sencillez,
como si fuera un tronco;
con mucha confusión,
como si fuera agua turbia;
con mucha amplitud,
como si fuera un valle.
Aunque el agua es turbia,
después de reposar se aclara
poco a poco.
Aunque esté en reposo,
cuando se mueve crece
poco a poco.
Quien conserva este Tao
no persigue la plenitud.
Así conserva lo de siempre y
no persigue la novedad.

(Tao Te King,  Lao Tze)

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Hagámoslo mal

Hagámoslo mal

¿Qué es querer hacerlo bien?
Para hacerlo bien, miro fuera, copio lo que ya está hecho.
Hacerlo bien es tener un sistema que me lleva a un resultado conocido.
Hacerlo bien es encajar en un molde.
Hacerlo bien es que los demás lo entiendan y acepten.

Al hacerlo bien, mis acciones no son mías.
Simplemente trato de hacerlo bien.
Hacerlo bien es hacer lo esperado.

Hagámoslo mal.
¿Qué tiene de malo hacerlo mal?
¿Sufriré más que haciéndolo bien?
¿No seré aceptada?
¿Haré daño a otros?

Haciéndolo mal, parto de un resultado de mierda.
Las expectativas son nefastas.
Hacerlo mal es ligero.

Haciéndolo mal, todo es posible.
Estoy en un espacio desconocido.
Me convierto en una exploradora.
Haciéndolo mal puedo encontrarme con lo inesperado.

Hagámoslo mal.
Y sonriámonos.

(Photo by NeONBRAND on Unsplash)

(y unas horas más tarde de escribir esto, por casualidad, aparece esta canción… parece que trapeo sin saberlo… 😉 «pa’ esa mierda ya no tengo tiempo»)

Juego de palabras (Photo by Ella Jardim on Unsplash)

Juego de palabras

La palabra como hechizo

Una de mis sobrinas tiene terrores nocturnos. Tiene miedo a dormirse porque no quiere tener pesadillas. Se me ocurrió que estaría bien regalarle, o construir con ella, un atrapasueños. Primero se lo comenté a su madre y me sorprendió su respuesta: si le dices que el atrapasueños hará que deje de tener pesadillas y sigue teniéndolas, lo pasará aún peor.

Ese es el carácter mágico de las palabras. Nos las creemos a pies juntillas. Sobre todo cuando somos niños. De ahí que sea necesario utilizar las palabras de manera correcta. Producen hechizos.

No esperar nada (blablabla)

Con el paso del tiempo vemos que las cosas no son así. Que alguien nos diga algo no quiere decir que sea verdad. Suena a perogrullada, pero ahí estamos todos, sintiendo que se nos debe algo por una palabra.

Cuando empecé a trabajar como autónoma, me molestaba mucho que un posible cliente contestara a uno de mis presupuestos con un «lo miramos y te decimos algo» y no lo hiciera. Dime que no te interesa, que no tienes presupuesto, que has encontrado a otra persona… Me parecía fatal.

A día de hoy no espero absolutamente nada. Si es un sí, me alegraré en su momento. Si no responden, también estará bien. Es totalmente respetable. No me deben nada.

¿Supone esto perder la ilusión? ¿Es malo perder la ilusión? Si es a cambio de vivir con alegría, no.

Promesas incumplidas

Sin embargo, en otros ámbitos de mi vida, las palabras siguen siendo para mi promesas. Y las promesas siguen siendo algo que hay que cumplir, sí o sí.

¿Quiero que realmente sea así? ¿Se trata de una de mis creencias heredadas? Mi empeño en que se cumplan las promesas supone una gran responsabilidad. Como siempre, es más fácil ver qué le haces al otro con una de tus creencias, que a ti mismo. Una vez que siento a qué estoy obligando al otro, veo que también lo hago conmigo misma.

«Cumple con tu palabra.»
Demasiada exigencia.

¿Han de ser mis palabras contratos ineludibles?

Al revisar una creencia como esta de «cumplir con la palabra» no es necesario irse al extremo opuesto. Suele ser una reacción habitual: a partir de ahora voy a decir lo que me plazca y si los demás se lo toman al pie de la letra, peor para ellos. Si cambio de opinión, cambio de opinión.

Para mi, una vez hecha la reflexión, no deja de ser importante ser una persona de palabra. Pero hasta cierto punto. En el terreno emocional y sentimental, obligarse a ser coherente con algo dicho en un momento dado puede hacer que nos volvamos demasiado prudentes, siempre callando, y acabemos construyéndonos un caparazón. O bien puede llevarnos a una vida de sacrificios para poder cumplir con una palabra que fue cierta en su momento, pero ya no lo es.

La palabra se convierte en todo caso en un propósito, no en una promesa. 

Una vez más y otra y otra: vivir el presente

Todo esto se hace mucho más fácil viviendo el aquí y el ahora. Recibiendo y dando palabras con fecha de caducidad en el presente. ¿Dejan de tener validez? ¿Necesito estabilidad en el tiempo? ¿Saber qué va a pasar? Ok, seguiré meditando

(Foto «Atrapasueños» gracias Ella Jardim on Unsplash)

No se trata de cambiar, se trata de crecer.

Tu vida va bien. Como la de los demás. Con sus cosas.
A veces echas de menos tener pareja. O bien tu pareja te saca de tus casillas de vez en cuando.
Lo normal.
En el trabajo ni fu ni fa. Tienes un jefe gilipollas, pero quién no lo tiene. O tal vez te va muy bien. Pero en el metro, de pronto, te entran ganas de matar al señor que te estampa el periódico en la cara. O te cuesta dormir porque no te da tiempo, no te da tiempo, no hay tiempo.
La vida es así.

Ansiedad, depresión… eso son palabras mayores. No, no, tú no. Tú estás bien. Lo normal.
Y es así, estás bien. Claro que sí.

Oyes hablar de talleres, terapias, técnicas que prometen sacar tu mejor yo. Te ríes. Sal de tu zona de confort. Con lo que cuesta encontrarla, anda y que me dejen en paz.

Pero a veces… Tal vez si no tuvieras pareja, tal vez si la tuvieras, tal vez si te mudaras, tal vez si encontraras otro trabajo, tal vez si tuvieras hijos, tal vez si no los hubieras tenido, tal vez si dijeras basta, tal vez si quisieras más, tal vez si te atrevieras…

Si yo esto bien…  Lo que ocurre es que los demás…

Los demás.

¿Qué hacen los demás? La mayor parte hacen lo que tú. Otros buscan y van de desengaño en desengaño. Y otros, otros resulta que van encontrando o eso creen ellos. Esos zumbados, como tu compañero que de farlopero pasó a yogui y ya ni se bebe una cerveza. O como tu cuñada que no para quieta, de un taller a otro de baile y venga a follar con todo el que se cruza y ella te dice que su coño es suyo y tú la miras y piensas: todo para ti que yo estoy bien como estoy.

Yo me conozco. Sé quién soy. Y esas cosas no van conmigo. Estoy orgulloso de la educación y los principios que me han dado. No quiero cambiar. No sé en qué me convertiré.
Cambia, cambia, cambia. Tienes que cambiar. Déjame. No quiero. Soy como soy.

Eres como eres. Y eso está bien. No es necesario cambiar. Nunca.

Sí es imprescindible crecer.

Crecer. ¿Cómo se crece? Para crecer necesitamos personas a nuestro alrededor que sean ejemplo. Necesitamos poder imitar a otros. Ver hacer a otros de una manera diferente a la nuestra. Cuantas más personas dispares y ejemplares tengamos a nuestro alrededor, mejor. Observar es una muy buena manera de aprender.
También podemos crecer teniendo ganas de ser un ejemplo para los demás. Si yo estoy bien, los demás estarán bien. No se trata de ser mejor que los demás. Se trata de ser mejor con y para los demás.

Cada uno tiene su propio camino de crecimiento. El mayor problema es cuando, debido a esa resistencia inicial, a ese miedo a perdernos a nosotros mismos, nos negamos a recorrerlo.

En un mundo en el que hasta el más pintado hace un curso de kundalini yoga (perdón a los kundalineros, a los que aprecio) y se convierte automáticamente en maestro de la felicidad, la recuperación de la figura del psicólogo como persona que escucha y pone luz es imprescindible.

No es corriente dar con el psicólogo o terapeuta de tu vida a la primera. Empieza a preguntar, buscar y, sobre todo, probar. Es la única manera de encontrarlo. Hazlo por ti y por todos los demás, pero por ti primero. Y no hace falta que se lo digas a nadie. Es cosa tuya.

No tengo dinero, no tengo tiempo, no es para mi… todo eso son resistencias. Hazte un favor, no te hagas caso y, simplemente, acude a un buen psicólogo o terapeuta. 

Ahora parecerá que meto una cuña publicitaria: hace poco hice posicionamiento SEO para una psicóloga que me parece una mujer maravillosa. Así que aquí dejo el enlace a su web: psicologomoncloa.es

Lo siento, perdóname, gracias, te amo

Esta entrada en el blog de La mano que piensa es posiblemente la más personal que haya escrito nunca. No negaré que tengo mis dudas en publicarla (ay, el miedo). No utilizo un sobrenombre en este blog. Lo decidí en su día y no quiero que deje de ser así. Trabajo como analista y programadora en Internet y tal vez hayas llegado hasta aquí como cliente o posible cliente. Este es mi blog personal y en él me expreso de determinada manera, pero no es la única en mi vida. Si quieres saber profesionalmente de mi: margotmatesanz.com
Si decides seguir leyendo, te doy la bienvenida.

Amanecer en Montserrat: lo siento, perdóname, gracias, te amo

Amanecer en Montserrat

Ho’oponopono: Lo siento, perdóname, gracias, te amo.

Lo siento, perdóname, gracias, te amo. Lo siento, perdóname, gracias, te amo. Lo siento, perdóname, gracias, te amo. Lo siento, perdóname, gracias, te amo. Lo siento, perdóname, gracias, te amo. Lo siento, perdóname, gracias, te amo.

Esta técnica, llamada Ho’oponopono, viene de los antiguos chamanes de Hawaii. Se puede repetir mil veces como un mantra. Pero no llega la magia.
Hay palabras que hay que masticar, tragar y digerir.

«Lo siento»

«Perdóname»

«Gracias»

«Te amo»

Y aún así, solo se vislumbra…

Solo el cuerpo, solo vivirlo, puede traer luz. Por lo menos en mi caso. Y entonces hay palabras que cobran otro significado. Tal es el caso de «lo siento». Practicando esta técnica, repetía estas palabras como «I’m sorry».  En mi propia experiencia, sin centrarme a propósito en Ho’oponopono, pasó a ser «I feel it».

Este es el viaje que hice a través de «lo siento, perdóname, gracias, te amo», sin saber que estaba viviendo Ho’oponopono, a mi manera. Simplemente surgió.

Lo siento

Estos últimos días, y de manera muy concentrada en la segunda semana de enero, me he permitido sentir a fondo, tal y como explica Osho en el primer artículo que compartí en «La mano que piensa»: Derriba la gran muralla china. No ha sido un experimento sino una necesidad imperiosa debido a una situación personal. Ahora escribo tranquila. Entonces solo había una frase en mi cabeza que se repetía de manera febril: quiero estar sola, necesito sentir.

En soledad, sostenida por otros

Para ello ha sido necesario que me retirara. Sentir de esta manera en presencia de otros, no suele ser posible ya que puede asustar. De hecho, uno mismo siente mucho miedo y ha de seguir adelante a pesar de ello, o precisamente por ello. Al escribir me releo y me veo demasiado segura. Esos días no fueron así, para nada. Me resistí mil veces a sentir. Me resistí mil veces a estar sola. Tuve suerte de seguir adelante gracias al apoyo de personas que supieron hacer lo que tenían que hacer: no venir a verme, hablar conmigo lo justo, darme el soporte justo. Personas que tienen su propio camino, que buscan y encuentran de manera diferente a mi. Todos los caminos son igual de válidos. Estuvieron acertadas. Es una gran suerte.

Seguramente la mejor manera de permitirse sentir a fondo sería en grupo y con alguna persona que te sostenga. A veces da la sensación de que te vas de este mundo. La realidad se difumina. Esto me recuerda a alguna historia que me han contado sobre los grupos que se retiran a experimentar con peyote u otra droga. Siempre hay una o varias personas que no lo toman, para poder sostener al resto.

Moonlight. Yo te sostengo.

Este momento, de la película Moonlight, es uno de los más bellos que he visto en el cine. No sentirse solo, dejarse ayudar, para enfrentarse a los miedos. Siempre habrá alguien, normalmente inesperado, que te sostendrá.

Sentirlo todo es sentirlo toooodo. Y sentir el cuerpo es sentir toooodo el cuerpo.

Sentir. Permitirse y saber sentir. Escuchar mi cuerpo. Dejar a mi corazón que hable. Mi corazón es libre, me decía hace tiempo en otro de los artículos de este blog. Para dejar el corazón libre, si es que lo he conseguido, primero he tenido que escuchar a todo mi cuerpo. A cada una de mis células. Prestarles atención. Porque solo le daba permiso a mi corazón hasta cierto punto, porque seguía queriendo tener el control, seguir engañándome a mi misma. Cuando recién empiezas a tener herramientas para vivir de forma consciente, el engaño es más sutil. Es más difícil pillarse a uno mismo. No queda otra más que emplearse a fondo, escuchando todo el cuerpo.

Entonces surgen otros puntos de energía que reclaman su poder. Hay que escuchar al corazón, sí. Suena precioso, romántico. Está muy bien visto en sociedad. Ahora bien, no nos olvidemos del coño (primer chakra, el del instinto y las raíces). Eso no está tan bien visto. Eso cuesta un poquito más. Y así, una por una, todas las partes del cuerpo donde, siempre ocurre, hay un chakra, hay poder e información. Repetiré (y me cuesta): nunca nos olvidemos del coño.

Perdóname

Al sentir todo mi cuerpo, me doy cuenta de las alteraciones. Me está gritando. Lleva tiempo gritándome. Yo sorda, mirando hacia otro lado o regañándole porque no se calla.
Una vez que escucho, solo puedo decirle: perdóname. Perdóname por no haberlo hecho antes. Perdóname por tener tanto ruido en la cabeza que te estoy causando este mal. Perdóname por hacerte esto. Perdóname por tener miedo. El miedo, no el odio, es lo contrario al amor.
«Lo siento». Y al sentir, «¿cómo es posible que haya estado y esté haciéndome esto?». Entonces «perdóname», surgió espontáneo.

Gracias

Sentir y respirar. Fijar la atención en la respiración. Pase lo que pase, esté donde esté, seguiré respirando. Tranquila, estás respirando. Escucha tu respiración. Escucha a tu cuerpo y escucha tu respiración. La respiración: esa constante absoluta en la vida. La vida. Confía.

El cuerpo se relaja. Ya está siendo escuchado, ya se le está pidiendo perdón. Entra en la quietud de la mano de la respiración. «Gracias». Gracias me dice el cuerpo y gracias le digo yo. Así ola tras ola. Porque esto no es un único ciclo. Esto se va repitiendo. Cada vez vuelvo a caer, a querer que otro me solucione el problema, a buscar respuesta fuera de mi. Pero no queda otra: cada vez que llega una nueva ola he de escucharme, permitir que ocurra (fuera de control), respirar, pedir perdón y recibir y dar las gracias. Las veces que sea necesario. Tomarlo por costumbre y no cansarme.

Te amo

«No te canses de amar», escribí recientemente como nota en un libro, regalo para mi hermano. «No te canses de amar(te)», tal vez habría sido más acertado. Después de varias olas, al agradecimiento se une el amor.

«Te amo». «Me amo». Suena a tabú en mis oídos. Suena altivo. Pero la realidad es otra. Suena tabú, suena altivo, debido a mi propia mochila. A las creencias heredadas. «Te amo» es, en realidad, humilde y compasivo.

Bajando de la montaña

Todo esto lo viví en Montserrat. Alquilé allí un apartamento, en las celdas del abat Marcet. La montaña no dejó de hablar un solo instante. Fue la gran maestra.

Inicialmente pensaba estar allí 10 días, pero tuve que bajar de la montaña antes. Finalmente fue una semana que pareció durar 10 años.

Interstellar y cómo pasa el tiempo

Como en Interstellar, había aterrizado en un planeta donde el tiempo no correspondía con el terrestre. Cinco minutos parecían allí dos meses. Hay que saber volver.

Cuando sentí que ya había recogido la información, cuando sentí que había más luz, supe que era el momento de bajar. Igual que hay que saber cuándo subir, hay que saber cuándo bajar. En esto también tuve ayuda. El soporte de otros, saber ponerse en manos de las personas que te quieren, es imprescindible.

Unos días más y habría tratado de ingresar en alguna orden religiosa y retirarme a la vida contemplativa (léase con ligereza). Lo mundano llegó a resultarme demasiado ajeno, demasiado Matrix. No es el momento. Me encanta mi trabajo, me encanta estar con las personas que quiero. Y conocer y querer a quien aparece en mi vida. Me gusta el camino que estoy recorriendo. Retirarme no entra por ahora en mis planes.

«Lo siento, perdóname, gracias, te amo». Estas palabras ahora tienen un significado para mi. Han pasado por mi cuerpo. Han surgido de manera espontánea. Todo ha de pasar por mi cuerpo y espero no dejar de escucharle nunca. Mi cuerpo es mi conexión con la Tierra y se lo debo a ella. Escuchar al propio cuerpo, y así ser más consciente, es como reciclar la basura. Es necesario para la Tierra y para todos los que en ella vivimos. Cada uno de nosotros es responsable. Cada uno de nosotros es importante y ha de amarse.